La costa suroeste peninsular es un remanso de tranquilidad para familias y una caja de sorpresas para jóvenes aventureros. 
Siguiendo la costa atlántica española llegamos al extremo suroeste de las playas europeas. A muy pocos kilómetros de la emblemática ciudad de Lagos comenzamos a sentir la esencia del Algarve portugués, un destino turístico muy apreciado hoy que día, pero que durante muchos años ha sido un gran desconocido para todo el viejo continente.
Una de las grandes joyas de estos parajes está recogida en la Reserva Natural de la Costa Vicentina. Aquí, en los confines de Europa, se empieza a evidenciar la belleza natural de estos paisajes y se respira aire puro con esencia marítima, en contraste con la rudeza de infinidad de escenarios que muestran un país muy profundo y original.
La primera parada de nuestro recorrido por el Algarve nos lleva hasta Segres, una pequeña ciudad sureña con cierto aire hippie y surfero, donde los verdaderos amantes de la naturaleza purgan sus problemas y dejan volar la mente. Es un destino poco sofisticado y lujoso, pero su magia nos conecta con la comodidad y la riqueza que ocultan las cosas sencillas.
A pesar de que la diferencia entre la costa atlántica española y la portuguesa solo es una cuestión geográfica, lo cierto es que, las localidades del país vecino están empapadas de una historia marcada por tradiciones antiquísimas y grandes acontecimientos que, al escucharlos, nos transportan a las viejas aventuras vividas por nuestros antepasados varios siglos atrás.

La zona del Algarve ha sido el destino elegido por multitud de navegantes para iniciar las grandes rutas marítimas de la historia universal. Además, las poblaciones costeras cercanas a Lagos fueron durante años la puerta de acceso a Europa de los conocimientos que llegaban desde el otro lado del globo, motivo por el cual, los portugueses siempre han estado muy unidos al mar. Esta circunstancia ha hecho inevitable que los ciudadanos lucharan por convertir sus lugares de origen en grandes destinos turísticos y que hayan conservado una riqueza arquitectónica única y difícil de igualar. Los palacetes e iglesias de los siglos XVI y XVII son dos de los principales atractivos, sobretodo por que representan la decoración barroca más típica y llena de color.
Si los monumentos son sitios especiales muy concretos, no lo son menos las calles que atraviesan las ciudades y pequeñas aldeas costeras. Cada rincón permite ver la diversidad cultural y el contraste cromático de sus edificios. Sus casas, muy cuidadas, con pequeñas puertas y ventanas decoradas con cerámica en los frentes, con el marco tradicionalmente azul y amarillo, dos colores muy representativos del mar, y balcones de elaborada herrería y las iglesias totalmente blancas y de retablos dorados, muestran las costumbres arquitectónicas más antiguas.

Lagos es una maravilla tanto por sus acantilados salvajes como por la tranquilidad sus playas, entre ellas Burgau o Ponta da Piedade. Además, nos solo es posible dar culto al cuerpo, si no también, recrearnos con unas vistas dignas de la alcoba de un príncipe, como son los miradores situados frente a un tapizado azul del mar y aderezado con inmensas rocas que parecen llegar al cielo.
Antes de finalizar este viaje, es inevitable olvidar una de las propuestas que ofrecen estos lugares y que no podemos atrevernos a rechazar. Son los viajes en barcaza para recorrer los arrecifes, cuevas y puentes naturales ubicados junto al faro de la playa.
También recomiendo que los visitantes se detengan, aunque solo sea unos minutos, recorrer a simple vista los puertos y playas de las ciudades del litoral, comenzando por Vila Real de Sao Antonio o Tavira, las ciudades portuguesas más cercanas a la costa onubense.